Cómo te puede amargar el día

Estaba caminando por la calle dirigiéndome a una cafetería que me encanta. Hacía sol y en lugar de cogerme el autobús como suelo hacer decidí aprovechar e ir andando, cosa que me encanta hacer.

Iba escuchando música y con un humor fantástico hasta que pasé al lado de una obra. Aunque me molesta pensarlo porque sé que no tiene porqué ser así y es una idea en el fondo basada en el clasismo, una de las primeras experiencias que recuerdo fue pasando por una y desde entonces siempre me alerto; pero como iba con buen humor decidí no darle importancia.

Efectivamente, fue pasar al lado de los dos hombres que estaban trabajando y escuchar algo referido a mi cuerpo. Que “qué piernas”. Me puse nerviosa, me subió un cabreo inmenso porque de un segundo a otro ya hubieran conseguido hacerme sentir como un plato de comida con ojos y ni lo pensé dos veces. Me dí la vuelta cabreada y les pregunté que si me conocían de algo. Lógicamente se quedaron de piedra, el problema siempre es que están acostumbrados a salirse con la suya.

Empecé a quitarles espacio personal y en un tono naturalmente de cabreo preguntando que si no me conocían de nada para qué coño tenían que hablarme. Que ni a mí ni a ninguna mujer nos halagan sus mierdas de comentarios y que si se quiere dirigir a una mujer desconocida la próxima vez esperaba que sólo fuera para preguntarle la hora o una dirección. Que era un baboso, que era repugnante su actitud y propia de un medieval.
Tras soltarle mi speech e invadir su espacio personal, me dí la vuelta directa y ya ahí empecé a gestionar mi nerviosismo y a intentar tranquilizarme.
Tener que enfrentarme a esto sólo por el hecho de ser mujer me repatea cada día.
Espero que cada vez la gestión post-acoso se me vaya dando mejor y más rápido para que no me sigan amargando mis buenos días solo por querer salir a dar un puto paseo.